domingo, 12 de diciembre de 2010

En el alma, las quemaduras son de primer grado.

Has quemado mi alma. La has cubierto de penas inflamables, destructoras, no te has molestado en rebuscar entre verso y verso para encontrar algo de valor ni has querido darle un último deseo: el de respirar por última vez.

Has quemado mi alma, ha ardido con furia. Has contado hasta tres y ya no estaba. 1, 2, 3, ni rastro...

Has quemado mi alma. Has escondido la ceniza en algún lugar donde el viento no pudiera encontrarla, para que jamás fuera libre, para que no pudiera tomar la forma de un ángel diabólico, marcado por tu mal imborrable, y sobrevolara sobre el mundo que has destrozado con fuego, y fuego, y fuego.

Has quemado mi alma. ¿Quien te ha dado derecho a usurpar lo único que tengo, que tenía? ¿Quien te ha dado derecho a acabar conmigo con esa violencia?. He sido yo y sólo yo.

He sido yo porque te quería, porque te apreciaba, porque tu eras el ángel que mi alma quería ser, cuya bondad abrazaba cada sentimiento en mí. No eras un amor, ¡ojalá!. Eras un amigo, un amigo que yo creía fiel.

Lo he hecho, he abierto los ojos. He despedido la benda roja con sus letras bordadas "SUBJETIVIDAD". ¡Adiós, medicina para el corazón!. La decepción aparece en el instante justo en que decides ser objetivo, en que crece tu mente y muere tu alma. Muere entre hogueras donde la pasión es aquel sueño que nadie ha tenido jamás, en aquella pesadilla mortal en la que tu, tu te has reído como nunca.